El discurso del fallecido padre Renato Poblete tras recibir el Premio Bicentenario 2009
El siguiente texto es el discurso que el padre Renato Poblete realizó tras recibir el Premio Bicentenario 2009, el 4 de septiembre del pasado año en el Salón Montt Varas del Palacio de La Moneda. A través de él, podemos enterarnos de lo que pensaba y como veía su vida tras largos años de servicio social. (Gentileza Comisión Bicentenario)
“Estimada Presidenta de la República, señora Michelle Bachelet Jeria; Señores Ministros de Estado; Secretario Ejecutivo de la Comisión Bicentenario, señor Javier Luis Egaña; Presidente de la Corporación Patrimonio Cultural de Chile, señor Carlos Aldunate; Integrantes de la Comisión Asesora Presidencial Bicentenario; miembros del Comité Asesor Bicentenario, y queridos amigos que me acompañan en esta ceremonia. . .
Con mucha humildad y sencillez, acojo y agradezco esta distinción, pues estoy consciente de que la recibo en nombre de muchos hombres y mujeres que, en el Hogar de Cristo y en otras obras de servicio, anónimamente continúan el trabajo que el Padre Alberto Hurtado nos dejó como legado.
El fuego que él encendió en mi temprana juventud y que aún arde, me ha hecho apasionarme en varios desafíos. Estos se basan en acontecimientos que recordamos este año.
Hace 50 años, Juan XXIII nos dijo: “Quiero abrir las ventanas de la Iglesia para que podamos ver hacia afuera y el mundo pueda ver hacia nuestro interior”. En esto he trabajado en mi vida sacerdotal: en abrir ventanas y puertas de la Iglesia para que ella haga suyo todo lo humano. También, en crear puentes para que nadie se sienta juzgado, excluido o no acogido por la Iglesia.
Hace 40 años, el hombre posó su pie en la Luna. Respondió al desafío del presidente John Kennedy que buscaba un desarrollo que permitiera que, antes de terminar la década, ningún niño tuviera hambre y, también, que el hombre llegara a la Luna. El mundo no creía que esto último fuese posible. Pero sí se logró. Sin embargo, en contraste, cuatro décadas después, todavía hay niños que sufren hambre. Lo mismo pasa en nuestro país. Me ha apasionado este desafío.
Hace 20 años cayó el muro de Berlín, que dividió el planeta y a los seres humanos, con desconfianza y con odio. Este muro se derrumbó. Y hoy se levanta la globalización y –ayudados por la revolución de las comunicaciones – hemos borrado las fronteras físicas. Pero han surgido fronteras internas, levantadas por nuestros miedos. Siempre he luchado para romper los muros que torpemente nos dividen y nos aíslan. He tratado de crear unidad, sin desconocer nuestras diferencias y nuestras heridas. Y espero que mi vida hasta el fin sea factor de unión y reencuentro entre los chilenos.
Quisiera que la entrega de este premio, a un sacerdote que ha buscado servir a los más pobres, fuese interpretado como una señal que refuerza las prioridades de este Chile del Bicentenario.
Cobijar al que no tiene techo o alimentar a quien no puede proveerse su alimento, son todavía tareas urgentes en esta sociedad chilena de comienzos del siglo 21. Es así, aún cuando nos sintamos en una posición expectante en el camino al desarrollo económico y en mejores condiciones que en el pasado para satisfacer los derechos básicos de los chilenos. Creo firmemente que atender al prójimo que sufre carencias o está en situación de vulnerabilidad, debe ser una aspiración central.
Ninguna sociedad es viable sin incorporar a todos a los beneficios del desarrollo. Sólo se puede proyectar en el tiempo un país que integra el afán de servicio como tarea cotidiana, creciendo en humanidad, en respeto y solidaridad.
Al dirigirme a ustedes, me es natural evocar figura del Padre Hurtado. Él me impulsó, como a tantos, a volcarme a la tarea de apoyo a los más necesitados, pues tuve la dicha de conocerlo y trabajar durante varios años junto a él. Me impresionó la fuerza y convicción con que nos repetía si realmente este país era católico o no. Nos insistía en esto porque se inquietaba por las dos grandes miserias que constataba en Chile: la miseria material en que vivían muchos sectores del pueblo y la miseria espiritual. Tuve la gracia de seguir esta preocupación y vocación social en su obra, el Hogar de Cristo.
Hace muchos años trabajo allí. Ha sido, para mí, la mejor escuela para estar más cerca de los pobres. En él he tomado contacto directo con el dolor humano y las estrecheces de muchas personas para subsistir. He visto en innumerables oportunidades cómo ellas pueden sentirse derrotadas por la miseria y marginadas.
Un esfuerzo central del quehacer del Hogar de Cristo se dirige a hacer conocidas las necesidades de los pobres y construir para el futuro algo que pueda darles esperanza. Así, hemos trabajado con los niños, los ancianos, las personas sin casa o con los que caen en la drogadicción y el alcoholismo.
Un componente fundamental de nuestra acción ha sido la posibilidad de alternar con dos mundos distintos que conviven en el país: el de personas que vivían acomodadas y el de los pobres. Personalmente, he podido comprobar que hay un gran desconocimiento acerca de la realidad de los más pobres. He podido ver que muchos chilenos son más buenos de lo que uno habitualmente piensa. Pero no conocen los problemas de los más necesitados.
Es por esto que he considerado, en gran medida, que mi misión es para que los sectores sociales en Chile puedan entenderse, construir puentes entre ellos. Siempre he buscado formar esa conciencia social en todos los chilenos. El Hogar de Cristo ha tratado ser una efectiva conciencia social en el país.
Asumí como capellán del Hogar de Cristo en 1982. Pronto me di cuenta de que era necesario dar a conocer mejor esta institución. Busqué difundir nuestra iniciativa de crear hogares familiares, acoger a los niños vagos, apoyar la reinserción de los jóvenes presos, ayudar a los que se hundían en el infierno de las drogas, dar una mano a las personas que vagaban sin destino por las calles, e incluso velar por enfermos terminales que los hospitales no recibían o que eran dejados por sus familias a las puertas del Hogar de Cristo.
En esa tarea de difusión tuve el apoyo desde un comienzo de diversos medios de comunicación. Y así fuimos sumando iniciativas e ideas, de tal manera que en unos pocos años ocupamos un lugar importante para los chilenos, pasando de 16 mil a los 650 mil socios. Queremos ser conciencia social
Destaco el significado de la Cena Pan y Vino. Ella contribuyó mucho a aumentar los deseos de ayudar. Esa cena austera ha sido importante para dar a entender con mucha firmeza que la solidaridad es una virtud de todos, sin diferencias de credo ni postura política. Igualmente, debo mencionar “La Universidad sobre ruedas”, en la que invitamos a empresarios a subirse a una pequeña micro para visitar campamentos. Si llovía, tanto mejor… También han sido importantes diversas campañas. En la que llamamos “Uno más uno”, pedimos a las empresas que nos dejaran invitar a los trabajadores a ser socios del Hogar. En “Socio niños”, buscamos dar a conocer a los niños el sentido del desprendimiento. Y “Sencillo ayudar con su sencillo” era la campaña del vuelto en los supermercados. Todas estas estaban apuntadas a crear conciencia social.
Piedra angular de todo esto ha sido la participación de personas muy conocidas en el mundo empresarial y académico, y de centenares de voluntarios anónimos que sirvieron para sumar a distintos sectores del país. Hoy en día tenemos en nuestras obras a más de ocho mil voluntarios, que participan de la misma mística del Hogar y que sienten entusiasmo con su proyecto.
Quise recordar parte de lo realizado por el Hogar de Cristo porque entiendo que este reconocimiento es a una tarea efectuada al interior de esa institución que tanto ha hecho por unir a los chilenos y amparar a los más necesitados.
Nos acercamos al Bicentenario y podemos agradecer mucho de lo que hemos hecho como país. El nivel de pobreza ha bajado de un 50% a un 13%. Asimismo, celebramos los esfuerzos de los últimos años por lograr una verdadera protección social, que resguarde efectivamente los derechos de todos los chilenos. Tenemos expectativas de que este sistema de protección social continúe fortaleciéndonos y proyectándose en los próximos años.
Pero pese a esos y otros avances, que hay que reconocer, mantiene plena urgencia la tarea social hacia quienes se encuentran más desposeídos.
Hoy escucho el clamor de los 200 mil jóvenes más pobres que ni trabajan ni estudian. Siento vivo el desamparo de 300 mil personas mayores que viven en pobreza o próximos a ella y que además están solos. Me conmueve profundamente el que haya 61 mil personas discapacitadas mentales que merecen un trato digno y respeto. Todos ellos deben ser plenamente reconocidos como hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas nuestros.
Por otra parte, quisiéramos que la austeridad retorne al sitial histórico que tuvo en la sociedad chilena. Una conducta austera significa capacidad de privarse a sí mismo para así ayudar a otros que muchas veces tienen carencias de cosas esenciales.
Por todos los medios a nuestro alcance, debemos trabajar incesantemente para promover una conciencia solidaria verdaderamente extendida entre todos los chilenos. Esto implica no descansar nunca en la tarea de abrir los ojos a todos y, especialmente, a los sectores más acomodados para que conozcan la realidad de los más pobres.
A los dirigentes del país cabe pedirles trabajar sin descanso en la tarea de idear nuevas fórmulas para atacar la pobreza. Nunca podremos estar satisfechos con todo lo realizado. Especial preocupación nos cabe en áreas como la Educación o el sistema de Salud. Agradezco a la señora Presidenta que la ley sobre las donaciones, después de un larguísimo trámite, haya sido aprobada.
Concuerdo con lo que han propuesto los obispos de Chile; que el signo del Bicentenario debe ser la misericordia y la clemencia, la misma misericordia y clemencia que ha tenido el Señor conmigo, la misma que irradió el Padre hurtado, la misma que en mis 65 años de jesuita me ha tenido la Compañía de Jesús, y la misma misericordia y clemencia que han tenido ustedes para oír mis palabras y darme este reconocimiento.
¡Muchas gracias!”
@ERLas opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten. Como diario no necesariamente las suscribimos ni rechazamos, pero respetamos absolutamente vuestra libertad de expresión. Sin embargo, nos reservamos el derecho de publicarlas o no, de acuerdo a los criterios que impone la legislación vigente y cuando determinemos que el e-mail de quien opina es falso.